"Canciones de Amor"

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Tertulia de Mujeres

06/10/08

Las salinas de la vida

En octubre de 1971, la Palma, la isla bonita del archipiélago canario, se convirtió en testigo de excepción de un acontecimiento único. Uno de sus múltiples volcanes, el Teneguía, entra en erupción, ofreciendo a sus visitantes el que dicen que es el mayor espectáculo de la naturaleza.
Nadie quiso perdérselo y los curiosos venían de cualquier punto de la isla o se desplazaban hasta ella para ver como la tierra se abría mostrándo su fuerza y su esplendor. Hasta mujeres que acababan de dar a luz y experimentar el milagro de la vida, no dudaron en dejar a sus recién nacidos al cargo de las abuelas para ir a contemplar el bello espectáculo de sonidos, luz y color. El poder de la madre naturaleza quedó patente en esta pequeña isla y nadie se atrevía a ponerlo en duda. Todos disfrutaban del momento y lo inmortalizaban en sus retinas y en sus cámaras de fotos. Todos menos una humilde familia que contemplaba al sur de la isla, en el municipio de Fuencaliente, cómo la negra lava iba a arrasar sus propiedades.
Una industria familiar, que en aquel momento estaba en pleno proceso de construcción: las salinas de Fuencaliente. Sus propietarios, que tanto habían tardado en elegir el entorno adecuado para la fábrica de sal, veían ante sus ojos la desesperación, la impotencia, que esta vez se teñía de negros, rojos y naranjas. Era el infierno que todos habían imaginado en las clases de religión. Había humo, había oscuridad y calor, mucho calor. Por eso la lava corría a sus anchas buscando el equilibrio y el frescor que le ofrecían las frías aguas del oceano atlántico. El peligro se hacía cada vez mayor e inminente para los pobres salineros. Pero quizás el Teneguía y la madre naturaleza, conscientes de que después de meses de erupción y espectáculo el negro teñiría todos los hermosos paisajes preexistentes, decidieron dividir su enorme lengua de lava y fuego en dos, quedando las salinas de Fuencaliente milagrosamente salvadas.

De esta forma no sólo se conservaba la belleza del entorno sino que se veía ensalzada la extensa blancura gracias a la lava negra y seca colindante, dibujando así un enclave al más puro estilo César Manrique.
Pasado este hermoso e incontrolable episodio, los salineros volvieron a respirar tranquilos y se pusieron en marcha de nuevo para poder finalizar su obra. Los vientos volvían a ser suaves, las precipitaciones escasas y las horas de sol adecuadas para la extracción del mar de uno de los bienes más preciados desde la antigüedad por los hombres: la sal de la vida. El procedimiento pasa por la aplicación de pricipios físicos básicos que permiten en bombeo del agua y la colocación de la misma en diferentes charcas con distintas alturas y dimensiones. Y así, como si de magia se tratase, los salineros logran extraer inteligentemente algo sólido de lo que no puede ser más líquido y en múltiples variedades. Sal fina y sal gruesa, siempre ligéramente húmedas, lo que garantiza la ausencia total de productos químicos añadidos, o la flor de sal, muy apreciada en la alta cocina y que también es obtenida milagrosamente en Fuencaliente. Y en cada una de ellas, un misterio inexplicable, envuelto de blanco y de silencio.
Con el tiempo, las salinas han experimentado múltiples mejoras en infraestructuras que permiten que la recogida de la sal se produzca allí mismo, así como el envasado. Se garantiza por tanto la inmejorable calidad del producto para sus consumidores, que a veces son ajenos al sacrificio de su elaboración y a la imprevisibilidad de la madre naturaleza, de la que se depende casi totalmente. Obtener sal de un lugar del océano donde confluyen diferentes corrientes marinas es un procedimiento largo y lento para el que hay que tener grandes dosis de paciencia.

El viento que allí se respira aporta la paz que favorece el metículoso y sacrificado trabajo. El romper de las olas en los acantilados y las caletas es la única banda sonora para esta película en blanco sal y negro lava. Por lo demás, silencio y concentración al amontonar la sal, al abrir y cerrar los sistemas de bombeo o al caminar por los laberintos que contienen la materia prima.
Gracias a la benevolencia de la madre naturaleza o a la romántica casualidad que permitió que las salinas de Fuencaliente no fueran destruidas, hoy podemos seguir disfrutando en nuestras mesas de la Sal Marina Teneguía.

Gracias al sacrificio y duro trabajo de familias como la Hernández Villalba no falta sal en nuestras mesas ni en nuestras vidas, asegurando la conservación de alimentos, el aderezo de platos en cualquier cocina del mundo y su uso en la medicina tradicional para curar inflamaciones y evitar mareos y calambres. La sal es el condimento más antiguo usado por el hombre y su importancia para la vida es tal que ha marcado el desarrollo de la historia en múltiples acontecimientos. Su precio en el mercado es a veces un insulto cuando uno abre los ojos y descubre el misterio: nadie puede dar más a cambio de menos.

Ana de Jesús.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy interesante tu artículo. Cuando ponemos sal a nuestras comidas no creo que nos paremos a pensar que hay detrás de todos esos granitos blancos; en este caso, una bonita historia.

Saluditos